EL REENCUENTRO.
UNO DE LOS PLACERES MÁS RECONFORTANTES DE LOS PUEBLOS SON: LOS RENCUENTROS.

Hay lugares que no se miden por sus kilómetros cuadrados,
sino por los latidos que aceleran cuando pisas sus calles. Hoy, el calor del
verano en Berrocalejo me ha devuelto un regalo que el tiempo parecía habernos
robado: el reencuentro con un familiar al que no veía desde hace más de treinta
años. Treinta años de vidas paralelas, de caminos distintos, de familias que
crecen y de profesiones que nos moldean. Sin embargo, bastó un instante, un
cruce de miradas en el pueblo, para que las décadas se plegaran y volviéramos a
ser aquellos niños de pies descalzos y rodillas raspadas.
La satisfacción de este abrazo ha sido inmensa, un bálsamo
para el alma que solo los pueblos saben ofrecer. En apenas un suspiro, la
conversación saltó de nuestras vidas laborales y nuestras familias actuales a
los cimientos de todo: nuestra infancia.
De pronto, las calles de Berrocalejo volvieron a teñirse de
los colores de antaño. Hablamos de las moreras de la Calle del Motor, de
aquellos dedos manchados de morado y de las travesuras que solo conocen los que
han crecido con el viento del campo en la cara. Recordamos a nuestra pandilla,
ese ecosistema de chicos y chicas donde la figura de Josefina brillaba con luz
propia en nuestros recuerdos.
Y, cómo no, asomaron los fantasmas de nuestra educación en
la fe y en la vida. Nos reímos al evocar al cura, Don Primitivo, y nuestra
etapa como monaguillos. Entre risas confesamos aquella rebeldía juvenil, aquella
"pillada" fumando a escondidas, creyéndonos los reyes del mundo bajo
la sombra del campanario. Éramos niños jugando a ser mayores.
Pero los veranos en el pueblo tienen un defecto
imperdonable: la prisa y las obligaciones marca un compás que no respeta los
tiempos de la memoria. Se nos quedaron cosas en el tintero. Nos faltó tiempo
para hablar de la escuela, de las lecciones de Don Fermín, de la tiza, de los pupitres
y de las travesuras que también tejieron nuestra personalidad.
Me encuentro hoy con el corazón lleno, pero con la espina
dulce de lo inconcluso. Cuánto me gustaría que Berrocalejo nos volviera a
juntar, pero esta vez sin prisas. Sin la sombra del reloj marcando el regreso a
la ciudad. Me gustaría sentarme con él, pedir algo fresco, mirar al frente y
repasar, una a una, todas las aventuras que se quedaron atrapadas en el
recuerdo, dándoles el tiempo que merecen.
Porque al final, reencontrarse en el pueblo no es solo ver a
un familiar después de treinta años. Es volver a encontrarse con uno mismo. Es
descubrir que, aunque la vida nos haya llevado por mil caminos, las raíces en
Berrocalejo siguen intactas, esperando a que volvamos para recordarles quiénes
fuimos, y quiénes somos en el fondo.
JASD 2026
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